conflicto económico entre Cataluña y España

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catalunya-independenciaNo pretendemos dar ni quitar razones en este conflicto entre Cataluña y el resto de España, nada más lejos de nuestra intención. Tan sólo queremos exponer algunos de los riesgos y consecuencias económicas que la evolución de los acontecimientos pueden tener para ambas partes en un futuro próximo. Ante todo debemos decir que no acertamos a ver ningún posible desenlace ventajoso para ambas partes. Y si no se actúa de forma responsable y ágil, vamos de cabeza a que ambas pierdan, y mucho. Veamos algunos escenarios posibles ordenados de menor a mayor incertidumbre y riesgo global.

El escenario menos traumático es el de desactivar las aspiraciones independentistas de modo que se evite su progresión y desenlace vía referéndum/proclamación unilateral de independencia. Y a la vez evitar así el riesgo para España de que, con el tiempo, estas aspiraciones vayan encontrando apoyos internacionales de forma progresiva, lo cual complicaría mucho una vuelta atrás del proceso. Pero para desactivar o suavizar dicha voluntad separatista, hoy por hoy probablemente ya mayoritaria, la clave está en satisfacer buena parte de las demandas financieras y de reforma fiscal que los catalanes vienen exigiendo.

Por tanto el primer escenario posible, de consecuencias más previsibles y probablemente el menos traumático, es el de un reequilibrio o estabilización en la cual España reduciría su capacidad de recaudación mientras que Cataluña la aumentaría. pero sería temerario por parte de España menospreciar un sentiniento tan masivo y cívico como el demostrado por el pueblo catalán el pasado 11 de Sepriembre.

Como hemos dicho en un principio, este sería un primer posible desenlace en el que no ganarían ambas partes sino sólo una de las dos. En este caso Cataluña vería satisfechas algunas de sus reivindicaciones económicas, mientras que España perdería una parte de recursos muy importantes en los tiempos que corren. Pero posiblemente el conflicto actual remitiría, la relación de convivencia entre ambos vecinos se acomodaría de nuevo con esa concesión económica, y la sangre no llegaría al río.

Otro escenario posible es el de que el gobierno español se enroque haciendo oídos sordos a las reclamaciones catalanas. Esta actitud, lejos de desactivar las aspiraciones secesionistas, lo que harían es exacerbarlas. De hecho esa es la actitud que España ha venido sosteniendo en los últimos años, y que ha llevado a la radicalización del sentimiento nacionalista catalán actual:

Los recortes del Tribunal Constitucional al Estatut, la negativa rotunda al Pacto Fiscal o la humillación que ha supuesto para los catalanes tener que solicitar ser rescatados con dinero que sienten que previamente se les ha expoliado. Éstas son algunas muestras de la política inmovilista que, con razón o sin ella, ha venido ejerciendo el Gobierno de España.

El caso es que el continuismo en dicha ausencia de concesiones sustanciales, probablemente no haga más que seguir aumentando la desafección de más y más catalanes respecto al conjunto de España. Por tanto, este escenario podría desembocar a medio plazo (una o dos legislaturas) en una paulatina búsqueda de apoyos internacionales a la causa catalana que podrían ejercer en el futuro una presión insostenible, de modo que el Estado español se viera obligado a negociar la aceptación de un referéndum separatista vinculante en Cataluña.

Y si el sentimiento creciente de los votantes catalanes no se invirtiera durante los próximos años a base de concesiones por parte del Estado (hoy por hoy quizá bastaría con que fuesen esencialmente económicas), el resultado de dicho referéndum podría ser claramente a favor de la independencia.espanaindependiente

A priori podría parecer que dichos apoyos internacionales fueran a ser más bien escasos, pero el mundo es muy grande y las estrategias geopolíticas muy caprichosas.

Ya hemos visto como la UE ha dado la espalda al gobierno español ante los abusos de la presidenta argentina con nuestras empresas más influyentes, o la reciente negativa de los países que aún mantienen la triple A (Holanda, Alemania y Finlandia) para permitir el rescate bancario español con fondos europeos, sin ir más lejos.

Cuanto mayor sea la radicalización (manteniendo el civismo exhibido hasta hoy) y más masivo sea el apoyo del pueblo catalán a la independencia, más probabilidades hay de que con el tiempo el gobierno de la Generalitat vaya sumando complicidades y adhesiones internacionales. Y quien sabe si estos apoyos se pueden usar como moneda de cambio o arma arrojadiza para que algunos países apuntillen la delicada situación financiera de España (con Cataluña o sin ella) en el marco periférico de la Eurozona.

Lo último que necesita España en estos momentos son problemas con Cataluña, como sentencia Richard Barley en este artículo del Wall Street Journal titulado ”Madrid lucha en homenaje a Cataluña“, donde aboga por un entente fiscal ventajoso para los catalanes. Parece pues innegable que España no debe arriesgarse a tener que depender de la fidelidad de sus socios europeos, ni del resto de apoyos internacionales a los que pueda interesar una España herida de muerte, por la secesión de su principal y más europeísta locomotora de su economía.

Volviendo al referéndum, sea o no vinculante y aún con un resultado incierto, el mero hecho de que se haga una consulta democrática independentista en Cataluña con ciertos apoyos internacionales (si no los consiguiera posiblemente no se llegaría ni a plantear seriamente), repercutiría muy mucho en la percepción de riesgo de los Mercados respecto a los intereses españoles en su conjunto.

Quizá veamos muy pronto que el riesgo independentista comience a cotizar, sumándose a los actuales riesgos que ya cotizan contra los intereses españoles (prima de riesgo, deslocalización de multinacionales, riesgo bancario español, etc.) Porque no hay que obviar que si la incertidumbre aumenta en este segundo escenario planteado, lo hará tanto para los establecimientos de sedes empresariales en Barcelona como para los de Madrid:

En Cataluña por la enorme incertidumbre que conlleva la transición por un periodo de secesión: reconocimiento internacional, nuevas legislaciones, nuevas fiscalidades (iguales, menos o más ventajosas…), etc.; y en España por el previsible empobrecimiento de sus cifras macroeconómicas en general, cuyo alcance dependería absolutamente de la negociación y acuerdo final financiero al que hubiese llegado con Cataluña. Porque habría que negociar largo y tendido cómo escindir activos y pasivos entre Cataluña y España, y probablemente se precisaría de arbitraje internacional.

No olvidemos que ambas partes no sólo deberían negociar la repartición del endeudamiento y demás pasivos, sino también activos muy jugosos como las reservas de oro, patrimonio nacional o máquinas de hacer dinero corporativas como las Loterías del Estado o AENA, por poner tan sólo algunos ejemplos.

En cualquier caso, los PIBs de una y otra parte se verían claramente perjudicados a corto plazo por la huida de inversores y capital, que se prolongaría hasta que se alcanzase un nuevo reequilibrio estable de ambas partes. Y en este proceso la UE debería tener un papel decisivo para minimizar esos efectos, o para abandonar a las partes a sus peor suerte.

Por tanto, este segundo escenario ya sería clara y peligrosamente más incierto y arriesgado para ambas partes que el primero. Y lo más probable es que, al menos a corto plazo, ambas salieran perdiendo. Pero aún hay más escenarios posibles e indeseables, como por ejemplo un tercero en el que España no sólo hiciera caso omiso a las reclamaciones de Cataluña, sino que además aplastase con la ley vigente en la mano la voluntad mayoritaria del pueblo catalán.

En este escenario podríamos ver cómo se condena y encarcela al presidente de la Generalitat y demás miembros del gobierno o altos cargos políticos de diversos partidos parlamentarios. También podríamos asistir al uso de la fuerza militar y/o policial para garantizar la continuidad del cobro de impuestos en Cataluña, por ejemplo, así como otras acciones de fuerza contra cualquier intento de organización soberanista o estructura de Estado alternativo.

Llegados a este punto, la desafección y el clamor separatista alcanzaría su punto máximo, como es lógico. Y la comunidad internacional ya no podría inhibirse ante un conflicto militar/policial de este calibre en el seno de la Eurozona.

Por eso, tanto los miembros de la UE como el resto de comunidad internacional se irían posicionando, apoyando estratégicamente una u otra causa en función de sus propios intereses.

En el caso de que Cataluña consiguiese apoyos suficientes, la mediación internacional actuaría y se iniciaría un proceso de negociación muy complejo que desembocaría en una secesión tutelada internacionalmente; o bien un nuevo encaje de Cataluña en España con unas nuevas reglas de juego, Constitución incluída, óbviamente.

En cambio, en el caso de que la comunidad internacional mirase en bloque hacia otro lado, permitiendo la actuación militar/policial de España sobre Cataluña, se llegaría a un temporal restablecimiento de las leyes vigentes constitucionales que sólo se podría mantener en el tiempo con el uso de prácticas muy autoritarias. Un equilibrio frágil y muy difícil, a tenor de la persistencia del sentimiento nacionalista en Cataluña demostrado a lo largo de siglos. Si el gobierno español no cediese generosamente en el área fiscal y económica, y las penurias económicas siguieran haciendo mella en la sociedad catalana, dicho sentimiento independentista no desaparecería.

Y tarde o temprano esta voluntad mayoritaria oprimida fiscal y militarmente resurgiría y conseguiría apoyos internacionales que harían insostenible la situación. En ese caso llegaríamos de nuevo al proceso internacionalmente tutelado de secesión o de encaje con nuevas normas de convivencia entre ambas partes.

Ni que decir tiene que este tercer escenario, desde el punto de vista económico es el peor de todos los mencionados, ya que las pérdidas en el tejido productivo y la desconfianza de los Mercados en ambas partes y sería enorme. Un equilibrio conseguido por la fuerza, sin un sentimiento mínimo de concordia no es estable, seguro, ni duradero, y Mr. Market lo sabe perfectamente. Por tanto, no sólo el uso de la fuerza se llevaría por delante la confianza necesaria para que la Economía crezca, sino que se conseguiría un equilibrio tan frágil y efímero que probablemente los Mercados darían la espalda totalmente, no sólo a los intereses económicos en Cataluña sino a los del resto de España, por extensión natural de la incertidumbre a ambas partes implicadas.

La Economía y el Mercado no quieren estabilidades de equilibrista que maquillan problemas de nacionalismo (español o catalán), porque es una bomba de relojería que estallará en la cara de todos más bien temprano que tarde.

Una manifestación de millón y medio de persona es mucha manifestación, pero lo más preocupante es que el gobierno de Rajoy no está moviendo ficha para que ese sentimiento popular remita, sino todo lo contrario. Por tanto, el problema al que se enfrentan España y Cataluña es de un calado mucho mayor del que parece ser consciente la clase política, y la miopía afecta a uno y otro bando. Pero si España no cede de forma urgente, y apacigua de forma suficiente y conveniente el sentimiento de desafección creciente en Cataluña, nos podemos encontrar todos con un problema irreversible en el que no habrá ninguna solución ventajosa para nadie.

Me encantará leer vuestras opiniones y visiones de los desenlaces posibles a este problema en forma de comentarios. Espero que los lectores sepáis encontrar otros escenarios viables que no hemos sabido encontrar nosotros, y que no impliquen un oscuro horizonte para españoles y catalanes. Soluciones razonables, en definitiva, en las que la mejoría de unos no suponga el perjuicio de los otros, o de ambos.

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